Para una nueva generación de aficionados

Todavía recuerdo, aunque me queda un poco lejos, cuando a finales de los años 80 mis padres me llevaban al cine y en lugar de salir de la sala saltando como Val Kilmer silbaba el tema de Willow, o como la persecución de los Fratelli era mi escena favorita de Los Goonies solo por la música. Sin embargo no fue hasta mediados de los noventa cuando verdaderamente yo y mi bolsillo nos hicimos aficionados a la música de cine al unísono. Era la época de Braveheart, Apollo XIII, Murder in the First, Wyatt Earp y otras bandas sonoras que en un par de años me engancharon definitivamente y de por vida a esta afición. Luego hubo buenas añadas, y otras que no tanto.

En los últimos años, muchos aficionados se han quejado del descenso en el nivel de calidad de los trabajos, algo que comparto parcialmente, y que muchos nos explicamos con la desaparición de grandes artistas como Jerry Goldsmith, Elmer Bernstein, Michael Kamen, o con el menor ritmo de trabajo de otros como John Williams o Trevor Jones, principalmente. El caso es que el pasado 2009 fue una de esas buenas añadas, a pesar de las ausencias, y es algo para celebrar, ya que hay motivos de sobra para creer en que una nueva generación de jóvenes salgan de las salas meneándose al compás del contagioso tema de Up, o suelten una carcajada de complicidad en lugar de asustarse con los primeros acordes de la música de Young para Drag me to Hell.

El 2009 no solo dejó grandes scores, sino también bandas sonoras muy populares, y son esas las que pueden hacer algo por sumar efectivos a la causa. En otras ocasiones recientes ha habido discos populares, pero que con distinta orientación no hacían verdadera justicia al arte que es hacer música para el cine. Me refiero a los Piratas del Caribe, naturalmente. La más popular de las bandas sonoras de la última década.

Este año se han vendido a buen seguro muchas copias de compactos como Avatar, Luna Nueva o Star Trek, creo que caben pocas dudas. Y en el genio y el respeto de los Horner, Desplat y Giacchino por la profesión, reside la esperanza con que aguardo por esa nueva generación de aficionados al séptimo arte y medio: la música de cine.

Horner y Avatar

Nadie esperaba un éxito como el de Titanic para la música de Avatar, y si no se establecen comparaciones con aquella, los resultados de popularidad del trabajo de Horner son más que excelentes. A ello se une la calidad del score. Una muestra de profesionalidad e inspiración que es una rareza para nuestros días. Con su habitual estilo compositivo: capturar el ambiente, establecer relaciones de ideas, y potenciar la emoción de la imágenes, James Horner ha compuesto una de sus obras maestras para el megalómano film de James Cameron. Escuchar avatar →

Éste último ha tratado de romper esquemas en todos los sentidos con su película, pero el compositor californiano no ha necesitado tanto cambio, sino desarrollar ideas que ya había avanzado en años previos, y que acomodadas a un público más general, han cristalizado en una música rica, adecuada, variada, y sobre todo, exclusiva, para los cánones de la película, añadiendo además un buen puñado de buenos temas de esos que podrán ser recordados con orgullo en los años venideros, especialmente en el caso de las fanfarrias y del tema de amor.

Desplat y New Moon

No menos repercusión tendrá en el público genérico el score de Desplat para New Moon. Primero porque ha generado la polémica habitual cuando se establecen comparaciones, en este caso con el más ligero trabajo previo de Carter Burwell para Twilight. El compositor francés ha explotado más la vena romántica de la cinta, en comparación con el estilo más juvenil y moderno de su predecesora, para acompañar los “ahora si quiero y ahora no” o los “ahora contigo y después con el otro” de los protagonistas. Desplat ha tratado de que estos no sean vistos como un juego de niños, sino como todo un melodrama contemporáneo asemejando la odisea amorosa de los actores a la de Romeo y Julieta.

Musicalmente, el francés ha hecho de Luna Nueva su “Leyendas de Pasión particular”, abordando como hizo Horner con aquella película la relación entre el trío de enamorados. En lugar de liarse con varios temas, ha optado por transmitir al espectador la emoción que los actores por si mismos no han podido lograr. El resultado es una banda sonora lírica, intensa, bella, y más eficaz que las propias imágenes. Escuchar new moon →

Giacchino y su Oscar

Dos de los grandes éxitos del año han surgido de la pluma de un mismo compositor, el joven pero sobradamente preparado y laureado Michael Giacchino. La primera de ellas, Star Trek, ha sido popular simplemente por el hecho de ser una más de las películas de una saga legendaria. Los aficionados a ésta, habrán devorado el compacto de Giacchino, y a buen seguro la habrán comparado no pocas veces con las grandes obras escritas previamente por Jerry Goldsmith o James Horner. Lo mejor que se puede decir del trabajo es que el resultado no desmerece a las anteriores, e incluso si se olvidan las comparaciones, hay más que suficiente para venerarla. Un gran tema principal y grandes secuencias musicales de acción son el punto fuerte de una composición en la que a la vista de los resultados Giacchino se ha sentido cómodo. Escuchar star trek →

El otro de sus grandes trabajos, y que además le ha valido su primer premio de la Academia de Hollywood, es Up, una cinta de animación que no solo ha reventado taquillas, sino que ha convertido a su banda sonora en uno de los casos más curiosos de la historia más reciente de la música de cine. Sin edición en formato físico, la música se ha hecho tremendamente popular por la gracia de una sola escena, aquella al comienzo de la película en la que durante cuatro minutos, sin efectos, ni diálogos, la música acompaña la vida matrimonial de los protagonistas. Como quiera que no hay frases que recordar, y la expresión de los dibujos no deja de ser acartonada, la lágrima que tantos espectadores dejaron escapar al final de la escena se debe en buena medida al excelente tino de Giacchino. Y de ahí al cielo, con globos en forma de metales y música ligera mediante. Escuchar up →

Young y Drag Me to Hell

 

Hay un último score que merece ser destacado como un hito en el pasado año, y es el de Christopher Young para Drag me to Hell. El género de terror ha dado lugar ha grandes partituras desde la popularización del mismo, con ejemplos como los de La profecía, El Exorcista, o incluso Tiburón, si nos atenemos a las pretensiones hacia el espectador de cada una de las películas mencionadas.

Lo que Young ha conseguido con Arrástrame al infierno es crear una partitura clásica, con un grandísimo tema principal, acorde con la pretendido por el director: una fábula moderna y terrorífica sobre las supersticiones, que no debe ser tomada más en serio que lo supersticioso que uno sea. Para ello, el compositor aporta la seriedad de su planteamiento musical, con elegancia, pero con suficiente ironía como para dar a elegir. Es un trabajo inteligente, terrorífico, pero más que todo esto, con visos claros de convertirse rápidamente en un clásico. Escuchar drag me to hell →

Otros trabajos destacados

A estas cinco partituras les han acompañado durante el 2009 otras que en otros años anteriores quizá se hubieran quedado solas, sin que recordáramos especialmente el año, aunque para los más aficionados en algunos casos serían más que bienvenidas. Merecen especial mención las bellas Un hombre y su perro, de Phillipe Rombi, The Young Victoria, de Ilan Eshkeri, o Amelia, de Gabriel Yared. Todas ellas, aunque en distinto grado, son buenos ejemplos de música bonita con gran estilo cinematográfico. Ha habido trabajos para que los más “frikis” disfruten de su afición, entresacando complejas texturas, difíciles melodías, y su aplicación con las imágenes, como son los casos de Knowing e In the Electric Mist de Marco Beltrami, o The Killing Room de Brian Tyler.

Algunos scores han sido para disfrutar plenamente, por su grandes temas, o por su excelentes cortes de acción y aventura, como Astro Boy, de John Toman, Dragonball Evolution, de nuevo de Brian Tyler, Lesbian Vampire Killers, de Debbie Wiseman, o G.I.Joe, de Alan Silvestri. Y luego ha habido bandas sonoras que han redondeado la ecuación, como Whiteout de John Frizzell, Public Enemies, de Elliot Goldenthal, o Ice Age Dawn of the Dinosaurs, del nunca decepcionante John Powell. Por no olvidar que el pasado año Michael Giacchino dedicó al género televisivo la quinta parte de una de las grandes bandas sonoras para el medio de toda la historia, con Perdidos.

Por todas estas razones, que no son pocas, puede uno creer que habrá algún joven entusiasmado con la posibilidad de haber hallado la horma de su zapato en eso que suena por los altavoces de los cines, y que en ocasiones trata de ser sepultado por los efectos de sonido. Puede que alguien más haya descubierto que de verdad existe la magia del cine, y que la varita de la que surge es en realidad una batuta.