La Magia de la música de cine

Escrito por , el 13 febrero 2011 | Publicado en Apuntes
«Apuntes» es una sección donde los miembros de AsturScore reflexionan, opinan y escriben sus anotaciones personales sobre la música de cine.

Sentado frente al ordenador, con mi taza de Starbucks llena de café solo (recién hecho y humeante), y con el sonido de la música de Goldsmith flotando en el aire (donde los punteos de un genial Pat Metheny llevan el peso de la melodía), he decidido darme un pequeño respiro para celebrar el que hubiera sido el 82 cumpleaños de Goldsmith un día como hoy (el 79 de Williams hace tan solo dos días, el 8 de febrero).

Mientras suena la música me asaltan toda clase de recuerdos, cuando de pequeñín me quedaba embobado viendo películas, fantaseando y dejando volar mi imaginación, mientras me iba con Bastian/Atreju rumbo a Fantasia, o viajaban la capsula espacial en Explorers, sufriendo un ataque de pánico en pleno vuelo viendo a un duende destrozar el ala de un avión, entrando con el ejército en una base militar subterránea que ha sido atacada por un Enjambre de abejas asesinas, cabalgando a lomos de un caballo con Colwyn para salvar su reino de los invasores llegados del espacio o montando con Indy en un camión que custodia el Arca, librándose de todos los nazis que le asediaban durante todo el camino.

Todo ello alimentaba mi imaginación, tanto que desde pequeñito me dedicaba a escribir historias (muy rudimentarias, típicas de la edad, pero que aún guardo con cariño), a leer novelas (devoraba a Stephen King), a dibujar viñetas de las película o series que más me gustaban, o jugar con mis soldados montaplex emulando películas (Meteor, Conan the Barbarian, Zulu, The Vikings o Where Eagles Dare).

De pequeñito no había Internet, y solo los videoclubs saciaban el hambre de cine que me corroía por dentro, con las típicas y maravillosas visitas a las salas de cine con mis padres (gracias a ellos vi joyas como E.T., The Never Ending Story o Innerspace).

VHS y Beta fueron mis fieles compañeros de viaje, los recipientes de una magia que podía utilizar una y otra vez reproduciendo las películas en el video (o “vidrio” como decía mi abuela).

Compraba cintas tanto originales como usadas en el videoclub, así como vírgenes para grabar películas de televisión, flipando cada vez que echaban cosas como Star Trek, Highlander, Robocop, Back to the Future o las películas de Joe Dante (Explorers, Gremlins, Innerspace). Comprobaba los huecos tenía para grabarlas en mi reproductor (cintas de 3 y 4 horas) para grabarlas ajustando las duraciones a los huecos, disfrutando de las películas según las echaban, quitando los anuncios… que tiempos.

Aún recuerdo un sábado rogándole a mi madre que me comprase una cinta especial de 3 horas (que incluía 15 minutos de regalo) porque de noche echaban en la 1 la película de Carrie (cuyo libro había leído recientemente). Por supuesto que lo conseguí, vamos, y detrás de esa, unos días después, cayó Children of the Corn (cuya historia corta me leí el día antes de verla, con la compañía musical de Supertramp).

Todo ello, y muchas más anécdotas que podría contar (y como estas, seguro que todos nosotros), sirvieron para ir dándome cuenta de algo que desembocaría en una pasión maravillosa: mi amor por la música de cine.

Ahora mismo suenan los violines en todo su esplendor en el corte Rafael de Under Fire, un momento especial que sirve para destacar un hecho fundamental en mi vida: y es que no puedo vivir sin música. Es la banda sonora de mi vida; me acompaña en el curro, en mi tiempo libre, en mis paseos por la calle o por los montes, cuando hago ejercicio, cuando haga las tareas de casa, cuando leo, incluso cuando duermo (es cierto, tengo un CD de MP3 de Vangelis y otro de música clásica que me sirven para relajarme, especialmente el último).

Podría vivir sin libros y sin películas, pero no sin música. Es cerrar los ojos, y me hace soñar, me hace pensar, reflexionar, me hace viajar, me hacer reír o llorar,… La música es un estado de ánimo, y muchas veces, incluso una misma música puede definir varios estados de ánimo (como Papillon, que sirve tanto para subir el ánimo como para recuperar momentos nostálgicos del pasado).

Puede pasarme horas y horas tumbado en una cama, en la playa o en un campo escuchando solo música. Solo cerrando los ojos, disfrutando, dejando que la música inunde mi ser y bombee sangre a mi corazón, haciéndome soñar y disfrutar, inspirando profundamente y expulsando lentamente al aire, dejando que se erice mi bello, entrando en comunión con la naturaleza y el entorno, haciendo que el tiempo transcurra más lento, …

Es todo eso y más. Lo es todo. La vida tiene retos, todos ellos igual de importantes e interesantes: retos personales y profesionales, donde cada día nos tenemos que levantar de la cama y luchar contra casi todo lo que nos rodea (e incluso con nosotros mismos, una lucha incesante por conocernos mejor, tratando empatizar y ser más solidarios con el resto del entorno que nos rodea, viviendo y dejando vivir).

Y la música lo hace todo más fácil, aligera el peso, quitando lastre y haciendo las cosas un poquito más fáciles. Porque el ser humano necesita motivaciones, necesita soñar, tener ilusiones y esperanzas, y la música es una herramienta fundamental como elemento motivador.

Y quien no ha descubierto todavía el poder de la música se está perdiendo un mundo por descubrir, porque es una pasión sin frenos, un universo de sensaciones y emociones que ayuda a que todo sea más fácil.

¿Y que es la música de cine? El material del que están hechos los sueños, una forma de endulzar la vida, de hacer que todo tenga un poco más de sentido. Es la magia del cine, lo que da vida a las imágenes, pero que trasciende mucho más allá cuando se apaga el reproductor del cine o el televisor de casa.

Papillon para pasear por los caminos de Ourense, Dark Crystal y Silver Streak para hacer las tareas de casa, Ratatouille para estudiar, Body Heat para leerme el último libro en el que estoy inmerso, Breakheart Pass para trastear por Internet, Human Target y Merlin para echar alguna partidilla al Heroes III o Mannix y Duplicity para conducir por la autopista. Y muchísimas más combinaciones, y todas ellas distintas según pasan los meses.

Como dijo una vez un amigo mío: A todo el mundo le gusta la música de cine, pero muchísimos no lo saben. Y lo que es peor: no saben lo que se pierden.

Quiero despedir esta pequeña editorial con un recuerdo de juventud que me viene a la mente y que va en colación al último párrafo comentado.
De chavalín nos fuimos toda la familia de montaña al Valle de Angón, situado en el concejo de Amieva. Debía de ser 1994 o 1995, con 17-18 años de edad.

Me llevé un enorme radiocasete blanco que funcionaba a pilas, con dos cintas grabadas de música de cine, y allí ponía las pocas bandas sonoras que teníamos (había hecho copia de Jaws 2 y Dune, rellenando con temas de Batman e Indiana Jones and the Last Crusade). Las que uno podía conseguir por aquel entonces (Jaws 2 tenía más dificultad).

Recuerdo estar jugando con mi hermano, y llegar mi padre con una flor en la mano y decirme: ¿A que te recuerda esto? Y en aquel momento bajo la flor y empezó a subirla poco a poco, acompañándolo de una extraña música, irreconocible. Mi hermano y yo alucinábamos en colores, mirándonos el uno al otro.

Tras decirle que no teníamos ni la más remota idea, mi padre nos desveló el enigma: estaba replicando la escena del comienzo de Superman, cuando el bebe escapa en una cápsula mientras Kripton es devastado, emulando con la subida de la flor la huida de Superman (pero la música, os lo puedo asegurar, para nada era la misma).

Ésta es la magia de las bandas sonoras, el don que tienen los compositores, cuyas vidas son efímeras, como las del resto de los mortales, pero cuya música es inmortal.