El falso y pretencioso Circo Romano de la Música para Audiovisuales
En AsturScore hemos tenido la oportunidad de conversar con el compositor Osvaldo Montes, con una larga trayectoria internacional, autor de decenas de largometrajes y series a lo largo de América, Canadá y Europa. En ese intercambio surgió una reflexión que consideramos necesaria, incómoda y profundamente honesta sobre un método de selección que, desde hace décadas, afecta de forma directa del trabajo de los compositores en la industria audiovisual.
A continuación, compartimos su carta abierta, en la que expone con claridad y contundencia una práctica que muchos han normalizado, pero que merece ser cuestionada.
Soy compositor de bandas sonoras. He trabajado en más de 15 países a lo largo de América, Canadá y Europa. Acumulo más de cincuenta largometrajes y decenas de series de televisión.
Hoy me gustaría abordar un tema muy particular, vinculado a un método de selección que, desde hace décadas, se ha impuesto en la industria audiovisual. Un sistema que considero perverso en varios sentidos.
La metodología suele ser la siguiente: se convoca a varios compositores para crear demos o maquetas con el objetivo de evaluar quién será contratado. Generalmente se entregan referencias —musicales, estéticas o emocionales— a las que el compositor debe intentar acercarse o emular. Ninguno conoce a sus colegas/competidores.
Así comienza algo muy parecido a un circo romano: Césares en las gradas y gladiadores invisibles que, al estilo de bufones intentando agradar al rey, luchan con su arte para obtener el privilegio de ser elegidos. Todo en función de las expectativas, subjetivas y muchas veces arbitrarias, de quienes deciden, y por supuesto gratis.
Este sistema no es selección: es un falso y pretensioso circo romano, decadente e impune.
Frente a este esquema injusto e irrespetuoso, me pregunto por qué otras áreas fundamentales de una producción audiovisual no están sometidas a la misma dinámica.
¿Se le pide acaso a un director de fotografía filmar una secuencia de prueba, gratis, para decidir si sabe iluminar o enfocar? ¿Se convocan varios editores para que monten las mismas escenas y ver cuál mantiene mejor la continuidad?
¿Por qué sólo la música? ¿Por qué únicamente los compositores somos arrojados a este Coliseo competitivo bajo la ilusión de una selección democrática?
La respuesta habitual suele ser: “Nadie está obligado a participar.”
Formalmente es cierto, pero en el fondo sabemos que aspirar a seguir haciendo música —y vivir de ella— nos empuja a aceptar políticas que no dignifican nuestro oficio.
Para ilustrarlo me vienen a la mente ejemplos simples: Si deseáramos construir una habitación extra en nuestra casa, ¿le pediríamos al albañil que levante una pared sin pagarle para ver cómo queda? ¿Le pediríamos al pintor pintar otra pared para probar si es capaz? ¿O al fontanero instalar una cañería para evaluar si le damos el trabajo? ¿Pediríamos a cinco restaurantes que preparen un plato gratis para decidir en cuál cenaremos?
Seguramente ninguna de las propuestas mencionadas anteriormente funcionaría y lo más probable es que nadie hubiese aceptado, por lo inverosímil de la propuesta.
Si alguien pudiera justificar esta política obsoleta y denigrante de selección, haría el esfuerzo de escucharle. Pero lo dudo: es una práctica indefendible que pone a los creadores en una posición indignante.
Sé que lo que escribo aquí no será simpático para muchos, pero creo que ya es hora de que este manoseo termine —o al menos que alguien alce la voz y diga las cosas como son. Mi posición no cambiará.
Llevo más de cuarenta años trabajando con productores y directores que han dignificado el proceso creativo con respeto, pasión y confianza depositada en cada nota y en cada fotograma, y lo seguiré haciendo con la misma pasión mientras el respeto y la confianza estén siempre presentes.
Probablemente expresar esto no me sume trabajo. Lo sé. Pero prefiero pasar la gorra tocando mi charango en los bares de París —como en mis comienzos— antes de someterme a este falso, pretensioso y decadente circo romano impune disfrazado de sistema de selección.


